La gran barrera para descarbonizar la moda no está ya en identificar tecnologías limpias o fijar objetivos climáticos. Está en encontrar quién paga, con qué incentivos y bajo qué esquema financiero la transformación de una cadena de suministro global, fragmentada y compartida entre múltiples marcas. Ésa es la principal conclusión de un informe publicado por H&M Group junto a EY, con apoyo de HSBC y Apparel Impact Institute.
El diagnóstico tiene especial significación para el retail porque desplaza el debate de la sostenibilidad desde el terreno reputacional al financiero. Si más del 95% de las emisiones del sector se concentran en el Scope 3, es decir, en la cadena de suministro, la descarbonización ya no depende sólo de decisiones internas de marca. Ahora exige nuevas fórmulas de inversión, gobernanza y colaboración industrial.
El problema está fuera del perímetro directo de la marca
El informe subraya que la mayor parte de las emisiones de la moda se genera en actividades iniciales de la cedena de suminostro, asociadas a bienes y servicios adquiridos. Ahí se concentran procesos intensivos en energía como el hilado, el tejido, el tintado, el acabado o la fabricación de prendas.
Para un retailer, esto implica que reducir su huella depende de que fábricas, tintorerías, tejedurías y otros proveedores inviertan en eficiencia energética, electrificación o renovables.
El reto es que esas instalaciones no suelen trabajar para una sola compañía. Un mismo proveedor puede servir a varias marcas al mismo tiempo, lo que dificulta justificar inversiones individuales.
Si una empresa financia mejoras en un proveedor compartido, los beneficios en emisiones se reparten proporcionalmente entre todos sus clientes. En este punto, el informe identifica un problema clásico de free rider? que frena decisiones de capital y resta atractivo económico a la inversión.
Por qué no fluye el capital
La tesis central del documento es que el sector sufre una falta de herramientas financieras adaptadas a proyectos pequeños, dispersos y con retornos largos.
Muchas intervenciones en fábricas requieren desembolsos modestos frente a otras operaciones corporativas. Pero presentan periodos de amortización de entre varios años y hasta una década o más. Para bancos e inversores, esa combinación de pequeño tamaño, riesgo elevado y baja visibilidad dificulta canalizar financiación.
A ello se suma la propia estructura de la cadena textil. Más allá de los proveedores que tienen relación directa conla marca, la visibilidad cae con rapidez. Los datos primarios son incompletos, los estándares de reporte no siempre son homogéneos y las condiciones regulatorias varían mucho entre geografías.
El resultado es una ecuación difícil para los equipos financieros de las marcas. Deben asumir altas inversiones sin poder capturar todo el retorno climático ni traducir fácilmente ese esfuerzo a valor financiero de corto plazo.
Una decisión estratégica
Uno de los puntos más interesantes del informe es su intento de hablar el lenguaje del director financiero. La descarbonización de la cadena de suministro, plantea, no debería tratarse como un coste aislado, sino como una inversión de protección y creación de valor.
Protección, porque ayuda a reducir exposición a futuros costes regulatorios, tensiones energéticas, escasez de materias primas o disrupciones climáticas. Creación de valor, porque puede reforzar eficiencia operativa, resiliencia de la cadena, acceso a capital y posicionamiento competitivo.
El documento insiste en que el coste de no actuar empieza a ser más tangible. En ese marco, propone construir business cases que comparen el desembolso actual con los riesgos financieros futuros de la inacción.
Es un cambio importante para el retail, acostumbrado a medir inversiones con horizontes más cortos y métricas más inmediatas.
La escala exige colaboración entre competidores
La otra gran conclusión es que ninguna marca puede resolver sola la descarbonización de una red de suministro compartida. El informe propone plataformas de colaboración sectorial que permitan agregar proyectos, armonizar datos, repartir riesgos y coordinar incentivos entre marcas, proveedores, bancos e instituciones de apoyo.
Ese enfoque colaborativo es clave porque los activos a transformar no suelen ser grandes infraestructuras visibles, sino cientos de proyectos repartidos en unidades de producción concretas.
Agregar esas inversiones en vehículos comunes permitiría crear el volumen suficiente para atraer capital y reducir el riesgo percibido. Aquí entran en juego fórmulas de blended finance, donde capital corporativo, bancario, público o filantrópico se combina para hacer financiables operaciones que hoy no encajan en los criterios tradicionales.
H&M Group quiere marcar precedente
H&M Group utiliza el informe también para mostrar su propia metodología. La compañía explica que ha desarrollado una función interna de inversión verde para vincular presupuesto, reducción de emisiones y métricas financieras.
Su análisis estima un coste medio de 70 dólares por tonelada de CO2 equivalente reducida en su hoja de ruta de descarbonización. Esta referencia le sirve para priorizar herramientas y construir planificación presupuestaria.
Como caso práctico, el grupo destaca la Green Fashion Initiative, lanzada en 2022 para ayudar a proveedores a superar barreras técnicas y financieras. Según el documento, esta iniciativa ha financiado 21 proyectos con un potencial de reducción de 148.000 toneladas de CO2 equivalente, de las que 67.000 serían atribuibles a H&M Group.
Más allá del volumen, la lectura que interesa al retail de moda es otra: incluso una compañía con recursos, escala y capacidad de coordinación reconoce que su acción cubre sólo una pequeña parte de la oportunidad total.
Qué cambia para el retail
Para los retailers de moda, el informe deja tres mensajes. El primero es que la sostenibilidad de la cadena de suministro ya no puede gestionarse como un apéndice del área ESG?. Requiere implicación directa de finanzas, compras y dirección general.
El segundo es que la competencia seguirá estando en el producto, el precio o la marca, pero parte de la transición climática tendrá que apoyarse en infraestructuras compartidas y mecanismos de cooperación entre rivales.
El tercero es que la credibilidad climática dependerá cada vez más de la capacidad de movilizar inversión real en proveedores, no solo de fijar objetivos a 2030 o 2050.
En definitiva, la moda sostenible se juega ahora menos en el marketing verde y más en la arquitectura financiera que permita electrificar, modernizar y hacer viable su cadena de suministro.
