En los márgenes del gran consumo está creciendo un modelo que no compite por surtido, ni por marca propia, ni siquiera por experiencia de compra. Compite por oportunidad. Hablamos de los supermercados ultra low-cost, que han encontrado su espacio en aquello que el sistema tradicional no sabe, no puede o no quiere absorber. Ellos trabajan con excedentes, cambios de packaging, sobreproducción o referencias descatalogadas.
No se trata de una liquidación puntual. Es un auténtico modelo estructural.
Cadenas como Sqrups o Primaprix han construido su propuesta sobre esa lógica. Compran productos fuera del circuito habitual, negocian directamente con fabricantes y distribuidores que necesitan liberar stock y trasladan ese ahorro al precio final. El resultado es un surtido cambiante, imprevisible y muy oportunista.
Aquí, lo que para el fabricante es un problema logístico, para ellos es materia prima comercial.
Un modelo que vive del desajuste
La distribución alimentaria tradicional está diseñada para la previsión. Planifica sus campañas, calibra la demanda y optimiza los inventarios cada vez con más precisión. Pero el sistema nunca es perfecto. Siempre hay errores de cálculo, cambios regulatorios, rediseños de envase o desviaciones en la demanda que generan sobrestock.
Ahí es donde entran los supermercados ultra low-cost. Ellos no operan con el mismo esquema que un hard discount como Lidl o Aldi, cuyo modelo se basa en surtido corto, eficiencia estructural y negociación a gran escala. El ultra low-cost alimentario no optimiza la cadena desde el origen; se alimenta de sus desajustes.
Esa diferencia es clave. El hard discount compite por estructura. El ultra low-cost compite por arbitraje.
Precio extremo y surtido inestable
El atractivo para el consumidor es evidente. Ofrecen descuentos muy agresivos sobre primeras marcas y productos reconocibles. Además, la rotación es alta y la experiencia de compra se acerca más a la caza de oportunidades que a la planificación semanal.
Pero esa ventaja tiene límites, porque el surtido no es estable. La disponibilidad depende del flujo de excedente en el mercado. No hay garantía de reposición continua ni de profundidad en categorías estratégicas.
Todo eso convierte al modelo ultra low-cost en un modelo complementario, no necesariamente sustitutivo, del supermercado habitual.
Pero, la pregunta que empieza a surgir es si puede escalar manteniendo su esencia. Porque cuanto más eficiente sea la cadena de suministro tradicional, menos excedente habrá disponible. Y, si el sistema reduce sus errores, la materia prima del ultra low-cost se reduce.
¿Reducción del desperdicio o síntoma de sobreproducción?
El discurso es atractivo desde el punto de vista de sostenibilidad. Estos operadores ayudan a dar salida comercial a productos que, de otra manera, podrían acabar destruidos o fuera del circuito alimentario. En ese sentido, actúan como una válvula de escape de un sistema sobredimensionado.
Sin embargo, también ponen el foco en una realidad un tanto incómoda: la sobreproducción estructural del gran consumo. Si existe suficiente volumen de excedente como para sostener un modelo de negocio estable, el problema no está únicamente en la gestión final del stock, sino en la planificación previa.
Un actor cada vez menos marginal
Lo que empezó como formato oportunista empieza a consolidarse como una categoría reconocible dentro del ecosistema retail. La inflación de los últimos años ha reforzado su atractivo y ha ampliado su base de clientes. El consumidor ha normalizado la compra fuera del canal tradicional si el ahorro es significativo.
En ese contexto, los supermercados ultra low-cost ya no son una simple curiosidad del mercado, se han convertido en un indicador del mismo. Señalan dónde se producen las ineficiencias, qué categorías generan más sobrestock y hasta qué punto el sistema de distribución sigue funcionando con margen de mejora.
Estos establecimientos no compiten con el retail tradicional en su terreno. Operan en el espacio que éste deja libre. Y mientras existan errores, habrá negocio.
