Trabajo en la industria del retail, que me apasiona porque está profundamente conectada con la vida real. El retail observa a las personas, interpreta cómo cambian sus hábitos, cómo evolucionan sus prioridades y cómo se transforman nuestras ciudades.
Y si uno mira con atención esta industria hay algo evidente, vamos, una obviedad: está llena de mujeres.
Mujeres al frente del punto de venta, liderando equipos y resolviendo problemas cada día; mujeres en marketing, en producto, en operaciones, en experiencia de cliente. Mujeres que conocen al consumidor con una intuición extraordinaria y una enorme capacidad para leer lo que ocurre en la calle.
Sin embargo, cuando uno levanta la mirada hacia los espacios donde se toman las decisiones estratégicas, la fotografía cambia. Y esa foto se parece más a una vieja polaroid de los años 70 que a una imagen en 4K de nuestro tiempo, algo que resulta especialmente curioso en una industria que presume, con razón, de vivir permanentemente conectada al presente.
No lo digo sólo desde la teoría, sino desde la experiencia acumulada a lo largo de mi carrera profesional. He estado en reuniones donde era la única mujer en la mesa. He vivido momentos en los que mi intervención se interrumpía con más facilidad que la de otros y he visto cómo mis ideas necesitaban más tiempo para encontrar su espacio en la conversación.
No son grandes episodios. Son pequeñas escenas que muchas mujeres reconocemos porque también forman parte de nuestra historia profesional y que, aunque parezcan menores, no por ello dejan de ser un fastidio… y también un freno.
Quizá por eso observo con tanta atención a las mujeres que tengo alrededor.
Y a muchas de las que pasan por las aulas donde trabajamos formando a profesionales del retail. Porque la educación, cuando está bien entendida, es uno de los lugares más interesantes para observar cómo evoluciona una industria. En una misma sala conviven perfiles con trayectorias muy distintas, mujeres que llevan décadas construyendo su carrera profesional y otras que están redefiniendo su siguiente etapa.
Y en todas ellas aparece algo en común: talento, experiencia, criterio y una enorme capacidad para aportar valor cuando encuentran el espacio adecuado para hacerlo.
Estoy rodeada de mujeres extraordinarias: profesionales brillantes, preparadas, con una capacidad enorme para gestionar equipos, proyectos complejos y situaciones que requieren sensibilidad y visión. Algunas han encontrado ya su espacio y lo ocupan con una naturalidad admirable; otras todavía están en ese camino y necesitan oportunidades reales para demostrar todo lo que saben hacer.
Porque el talento necesita espacio y, cuando ese espacio existe, el talento brilla.
En mi vida profesional he visto mujeres que se apoyan, que se impulsan y que celebran de verdad los logros de otras. También he visto cómo, cuando una abre camino, muchas otras encuentran más fácil avanzar.
Quizá por eso también siento que quienes llevamos más años en esta industria tenemos una responsabilidad que va más allá de nuestras propias carreras: la responsabilidad de abrir espacios, de señalar talento cuando aparece y de ser, en la medida de lo posible, una referencia para quienes vienen detrás.
Y quizá por eso mismo, me resulta profundamente incómodo ver cómo a veces se banaliza el 8 de marzo. Cada año aparecen campañas, casi como si se tratara de una campaña de venta más, mensajes perfectamente alineados con lo que toca decir ese día y discursos que duran exactamente lo que dura la conversación en redes. Durante unas horas parece que todo el mundo está de acuerdo, pero al día siguiente, muchas veces, todo vuelve exactamente al mismo sitio.
La igualdad, como tantas otras cosas importantes, no ocurre en un día. Ocurre en el trabajo cotidiano, en las decisiones que se toman en las empresas, en los espacios que se abren y en los que todavía quedan por abrir.
Ocurre también en algo mucho más sencillo y profundo: en la educación que damos en casa, en cómo educamos a nuestras hijas y a nuestros hijos, en qué expectativas transmitimos y en qué oportunidades consideramos naturales para unos y para otras.
Por eso, cuando hablamos del 8M, que es hablar de feminismo, conviene volver a lo esencial. Que esto no es una conversación contra nadie, sino una conversación sobre cómo queremos construir una sociedad más justa, más inteligente y más consciente del talento que tiene delante; una conversación que debería implicarnos a todos.
Y también una conversación que invita a hacer una reflexión sencilla: si tantas mujeres, en tantos sectores y en tantos países distintos, siguen señalando problemas similares… no parece muy razonable pensar que todas estén equivocadas.
En el retail, una industria que vive de comprender a las personas, esa conversación no sólo es necesaria. También es una oportunidad. La oportunidad de seguir construyendo un sector donde cada vez más mujeres puedan ocupar el espacio que merecen y donde el talento femenino deje de ser una excepción en los lugares donde se toman decisiones.
Y por eso, hoy no hace falta felicitar a ninguna mujer.
Hay cosas más útiles que una felicitación: infórmate, escucha, entiende por qué tantas mujeres siguen encontrando más obstáculos en su camino profesional y pregúntate qué ocurre en las empresas, en las conversaciones y en las decisiones que tomamos cada día.
El verdadero gesto no es una frase hoy.
El verdadero gesto es contribuir a que mañana una mujer tenga más espacio, más oportunidades y menos explicaciones que dar. Que la foto sea, efectivamente, en 4K.
Eso sí sería una verdadera felicitación.
