El petróleo vuelve a acercarse a la barrera de los 100 dólares y la factura empieza a recorrer una cadena que termina en las tiendas. El Brent cotiza hoy en 96,06 dólares por barril, un 7,6% más, en medio de una nueva escalada de las tensiones entre Estados Unidos e Irán y de las dudas sobre el suministro desde Oriente Medio. Para el retail, la subida del crudo termina entrando en costes de fabricación, transporte y distribución que alguien tiene que asumir.
Ese alguien no es siempre el consumidor. Fabricantes, transportistas y retailers pueden absorber una parte mediante sus márgenes, trasladarla al siguiente eslabón o repartir el impacto mediante contratos y ajustes de precios. El resultado depende del sector, del poder de negociación y de la estructura de costes de cada compañía.
Seguir ese recorrido ayuda a entender por qué una crisis energética puede afectar incluso a una tienda cuyo consumo directo de electricidad es relativamente reducido.
La primera factura, antes de llegar a la tienda
El textil español ofrece un ejemplo de cómo la energía entra en el producto durante su fabricación. El Consejo Intertextil Español ha advertido de que la escalada de los precios energéticos ha dejado de ser una oscilación puntual para convertirse, en palabras de la organización, en una amenaza sostenida para costes, márgenes, capacidad productiva y competitividad.
La exposición cambia según el proceso. Hilatura, tejido y punto necesitan un alto consumo de electricidad, mientras tintura, secado y acabados dependen con mayor intensidad del gas y de la energía térmica. El efecto tampoco termina en la factura de la fábrica. El CIE señala también el encarecimiento de materias primas, productos químicos, embalajes y transporte.
Para una cadena de moda, esto significa que parte de la presión energética puede llegar incorporada al coste de adquisición antes de que la prenda entre en un almacén o una tienda.
La energía afecta así a operadores que no tienen cámaras frigoríficas ni procesos industriales propios. Una subida puede estar escondida en el tejido, el acabado, el embalaje o el transporte de la mercancía.
El gasóleo influye en la factura logística
El siguiente eslabón resulta más visible. La Confederación Española de Transporte de Mercancías aseguró a finales de agosto que el gasóleo había encadenado ocho semanas de subidas y acumulaba un incremento cercano al 24% desde el comienzo del verano, hasta situarse alrededor de 1,86 y 1,87 euros por litro. Según sus cálculos, llenar el depósito de un camión cuesta hasta 400 euros más que meses atrás. La CETM reclama que el coste real del transporte pueda trasladarse a lo largo de la cadena de valor.
En España existe además un mecanismo que hace especialmente visible esa transmisión. El Real Decreto-ley 9/2026, en vigor desde abril, reforzó la revisión del precio del transporte por carretera en función de la variación del combustible. Cuando cambia el precio entre la contratación y la realización del transporte, la cuantía pactada debe incrementarse o reducirse aplicando las fórmulas establecidas por la Administración. En los contratos continuados, la revisión es automática en cada periodo de facturación. La norma obliga además a reflejar el ajuste de forma desglosada en la factura.
Eso limita la posibilidad de que toda la subida quede retenida indefinidamente en el transportista. Una parte puede avanzar hacia fabricantes, distribuidores y retailers que contratan sus servicios. El combustible se convierte así en uno de los canales más directos para trasladar la presión energética desde la carretera hacia el coste de aprovisionamiento y distribución.
El supermercado recibe el impacto por dos vías
La distribución alimentaria está especialmente expuesta porque soporta simultáneamente la energía que consume y la que necesita para mover mercancía. Refrigeración, congelación, climatización, iluminación, cajas, sistemas informáticos y plataformas logísticas requieren suministro eléctrico permanente. El apagón de abril de 2025 permitió visualizar esa dependencia. ASEDAS calculó entonces unas pérdidas mínimas de 53 millones de euros entre sus asociados, principalmente por producto fresco, refrigerado y congelado que tuvo que retirarse, además de costes de transporte, grupos electrógenos, seguridad y otras operaciones extraordinarias. La asociación lleva años señalando la dependencia eléctrica de supermercados y plataformas.
A esa exposición directa se suma el carburante. ASEDAS ya estimaba 51 millones de euros de sobrecostes de gasoil para los supermercados españoles el pasado mes de mayo. Este dato funciona ahora como antecedente. La distribución venía absorbiendo una parte de la presión antes de esta nueva escalada y la incógnita es cuánto margen conserva para seguir haciéndolo sin modificar otras variables del negocio.
La energía también entra en moda, hogar y electrónica
La misma lógica se extiende a otros formatos con una intensidad diferente. Una tienda de decoración puede consumir menos energía que un supermercado, pero los productos que vende han necesitado electricidad o gas durante su fabricación, materias primas y embalajes, transporte internacional, almacenamiento y distribución hasta el establecimiento. Un e-commerce añade centros logísticos, preparación y última milla.
Por eso no existe una factura energética homogénea para todo el retail. En alimentación pesa especialmente la cadena de frío. En moda puede tener mayor importancia la energía utilizada en procesos industriales y transporte. En otras categorías, la presión puede aparecer principalmente en proveedores o logística. Lo común es que el coste puede desplazarse entre empresas antes de hacerse visible en la tienda.
Absorber costes significa decidir qué margen proteger
Cuando el incremento llega al retailer aparecen varias opciones. Puede asumirlo y reducir margen para evitar una subida que perjudique la demanda. Puede renegociar con proveedores o transportistas. Puede buscar eficiencias en operaciones, surtido y logística. O puede trasladar una parte al precio final. Estas decisiones tampoco tienen que aplicarse por igual a todo el catálogo. Un operador puede proteger el precio de referencias especialmente sensibles y recuperar margen en otras.
Ahí se encuentra uno de los puntos más delicados de la situación actual. El impacto del conflicto de Irán sobre el retail europeo se alarga y la nueva escalada obliga ahora a observar durante cuánto tiempo las empresas pueden contener sus efectos dentro de la cadena antes de que aparezcan nuevos ajustes.
La factura no tiene un único pagador
El recorrido desde la fábrica hasta el lineal permite descartar una respuesta sencilla sobre quién termina pagando. El fabricante puede asumir parte del incremento para proteger sus pedidos. El transportista puede perder rentabilidad, aunque la regulación española obliga a trasladar variaciones del combustible en determinadas relaciones contractuales. El retailer puede sacrificar margen para defender tráfico y competitividad. Y el consumidor puede terminar pagando otra parte mediante precios más altos.
Durante los próximos meses, la industria tendrá que observar dónde empieza a romperse ese reparto. El petróleo alrededor de los 96 dólares es sólo la primera señal visible. Detrás se encuentran electricidad, gas, fabricación, contratos de transporte, plataformas y operaciones de tienda. La factura energética atraviesa todo el retail y su impacto final dependerá de cuánto coste pueda retener cada eslabón antes de pasárselo al siguiente.
